lunes, 4 de octubre de 2010

La calle Cañizal

Entre la calle de la Compañía y la de Cervantes discurre una antigua y estrecha calle llamada de Cañizal. Hasta el siglo XVI al menos, se la llamó Guardianos y unía la plazuela de San Benito (la Compañía de Jesús todavía no había erigido el edificio que, con el tiempo, daría nombre a la calle) y la calle de los Moros (actual Cervantes).

En una de las dos esquinas que forma con la de Tahonas Viejas, se encuentran los restos del Colegio Menor de Santa Cruz. Este Colegio fue fundado por Don Juan de Cañizares y Fonseca, sobrino del Arzobispo Don Alonso de Fonseca. A este colegio se le conocía con el nombre de Santa Cruz de Cañizares, y, por deformación, acabó dando a la calle el nombre de Cañizal.

En 1992 se construyó el Conservatorio Profesional de Música, integrando en él los restos que quedaban.

Unos meses antes de que fuese construido, hicimos estas fotografías.




lunes, 20 de septiembre de 2010

La calle de Bermejeros y la Laguna del Hoyo



Una de las calles mas antiguas de Salamanca, sin pertenecer a la “parte vieja” de la ciudad, es la calle de Bermejeros. Aunque dividida en varios tramos muy distintos entre si, esta calle une la de Azafranal con la plazuela de los Sexmeros.

Hace unos veinte años todavía quedaban en pie las casas que se ven en estas fotografías, y con la ayuda de Google se puede ver el edificio que actualmente ocupa el espacio de aquellas.

Dos opiniones he escuchado sobre la razón por las que esta calle lleva el sonoro nombre de bermejeros. Una de ellas cree que se debe a que en su vecindario había talleres de tinte y mas concretamente de color rojo o “bermejo”, como antiguamente se le denominaba .
Si bien es cierto que los distintos gremios se agrupaban en ciertas calles a las que solían dar nombre, parece un poco extraño que estos talleres se dedicaran a un solo color. También es curioso que en ninguna ciudad de habla hispana exista una calle con este nombre, mientras que de tintoreros/as hay en muchas ciudades tanto españolas como hispanoamericanas.

La segunda interpretación dice que algunos de los vecinos de esta calle se dedicaban a pescar “bermejas” en el cercano arroyo que corría paralelo a sus casas, en lo que aproximadamente hoy es el trazado de la Gran Vía. Si en principio puede parecer descabellado por la lejanía del río, me inclino por esta opinión pues este arroyo, conocido como de Santo Domingo, tuvo durante muchos siglos un caudal suficiente (salvo en el estiaje) como para albergar sardas, bermejas y otros peces pequeños como los que hasta hace pocos años se han seguido pescando en el Tormes o en el Zurguén.

Para hacerse una idea del aspecto que durante la Edad Media tenia esta zona de la ciudad hay que recordar que este arroyo al llegar a lo que hoy es la plaza de San Julián, se estancaba formando un remanso, conocido como la Laguna del Hoyo. Según Villar y Macías esta laguna ocupaba la actual plaza y el trozo de la Gran Vía que linda con ella, y sus dimensiones y profundidad eran suficientes para que hubiera barcas para atravesarla. Una vez pasada la laguna, el arroyo continuaba por la que luego se llamó calle de la Esgueva hasta pasar por debajo del puente de Soto (conocido hoy como puente de Santo Domingo) yendo desde allí a desembocar en el Tormes a las afueras de la Puerta de San Pablo.

Bernardo Dorado cuenta en su “Historia de Salamanca” que en 1398 se empezó a cegar la laguna con el ripio que se obtuvo al desmontar la muralla vieja de la calle Asadería.

Como casi siempre, no se puede asegurar cuál de las dos opiniones es la cierta, pero viendo el paisaje que en esos años tenían los vecinos de la calle Bermejeros, no me extraña lo mas mínimo su vocación pescadora.

domingo, 4 de julio de 2010

La Puerta Falsa

Durante el desescombro del edificio perteneciente a la Universidad, situado en el paseo de S. Vicente haciendo esquina con la calle del Espejo, han aparecido unos sillares del tramo de la “Cerca Nueva” que discurría por esta zona. Estos restos de la muralla que empiezan a aparecer es lo único que se conserva (por ahora) del paño que iba desde la Puerta Falsa hasta el Portillo de San Bernardo.

La Puerta Falsa se encontraba en la parte alta de la calle del Espejo. Según nos dice Villar y Macías la muralla por este lado disponía de foso. Supongo, por tanto, que la puerta tendría puente levadizo.

Anteriormente fue conocida como Puerta de San Clemente por estar próxima la ermita de este nombre, que se hallaba extramuros de la ciudad (aproximadamente debió estar donde hoy día se encuentra la cafetería “el Danubio Azul”).

A partir de 1320 en que, intramuros a su izquierda, se construyó la ermita de San Hilario, pasó a llamarse Puerta de San Hilario. Esta ermita sería derribada para formar parte del solar sobre el que se construyó el Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca.

El nombre de Puerta Falsa lo llevó desde que en 1469, el conde de Alba, don García Álvarez de Toledo, quiso tomar la ciudad penetrando por ella a traición. Cuenta Villar y Macías, citando a Mosén Diego de Varela, cómo los salmantinos se opusieron, produciéndose allí mismo una cruenta batalla en la que murieron muchos caballeros de ambos bandos, antes de ser rechazado el conde.

Desde entonces y durante casi cuatro siglos la calle en la que se dio la batalla pasó a llamarse de los Mártires por lo muchos que allí hubo. También se cerró la Puerta y así permaneció más de cien años.

Dice Villar y Macías que “sin saberse por qué le han dado el nombre del Espejo, como hubieran podido darle otro cualquiera que nada recordase y contribuyese a oscurecer un notable suceso de la historia patria”.

Parece que en todas las épocas el callejero mantiene un curioso “baile”.


lunes, 21 de junio de 2010

El Pozo Amarillo



Hace unos días encontré en el libro de David Senabre “Desarrollo urbanístico de Salamanca en el siglo XX” el proyecto que en 1890 se presentó al Ayuntamiento a fin de darle un nuevo trazado a la calle del Pozo Amarillo.


En el plano que hizo Coello en 1885 se puede ver cómo esta calle partía de la plaza de la Verdura (hoy plaza del Mercado) y terminaba en la rinconada que hacía con la calle de Caleros. Vemos también que al principio de Caleros salía por la izquierda otra llamada calle de la Guerra (hoy desaparecida) que llegaba hasta la plaza de Santa Eulalia.


La reforma que se proponía (en rojo en el plano) pretendía unir el final del Pozo Amarillo con la desembocadura de la calle de la Guerra en la plazuela de Santa Eulalia. De paso alineaba tanto el tramo antiguo de la calle como el de nuevo trazado.

Este plan fue derogado en 1902 y hasta el primer cuarto del siglo XX no se llevó a cabo la alineación del trazado que hoy conocemos.

Para ello se tuvo que derribar en 1918 la Casa de los Águila, famosa por haberse hospedado en ella el rey Juan I en1384. Esta casa, que estaba en la trasera del teatro Liceo, fue tiempo después y hasta su derribo, una de las más nombradas posadas de la ciudad. Era conocida como Posada de la Cadena por tener encima de la puerta de entrada una cadena gruesa de hierro.

Por lo que cuenta Cándido Ansede en su libro “De la Salamanca de ayer”, en los primeros años del siglo XX el Pozo Amarillo era una de las calles con más tipismo de la ciudad ya que en ella había muchas posadas y figones en los que por poco dinero comían un buen número de gentes de los pueblos de la provincia.

Nos dice que cuando él conoció estos establecimientos, ya eran viejos, lo que lleva a pensar que esta parte de la ciudad fuera desde mucho tiempo atrás, una de las zonas donde se hospedaban los salmantinos de la provincia que con regularidad acudían al mercado que diariamente se montaba en la Plaza de la Verdura.

La casa que puede verse detrás de la de la cadena es la que se ve en esta otra foto anterior al nuevo trazado y que es la misma que la que se ve en la foto que hice en 1990 y que estuvo en pie hasta la ultima reforma del Liceo en 2002.

lunes, 7 de junio de 2010

Murmullos de la muralla. Muy tenues.



El tiempo sigue pasando y, por lo que se ve, aquellos rumores que avisaban del peligro de derrumbe de la muralla, si se tiraban las casas, no iban muy desencaminados. El diciembre pasado, demolieron la segunda casa de la triste serie de derribos que, a cualquier precio, se ha empeñado en llevar a cabo este ayuntamiento.
A principios de febrero se pudo ver cómo la parte baja del paño de muralla que quedó al descubierto, se había tenido que reforzar con un muro de hormigón de unos tres metros de altura.

Si, como se dijo, lo que se buscaba con los derribos era “poner en valor la muralla”, el resultado es desolador. Viendo el resto del paño, el batíburrillo de materiales es llamativo por lo penoso: sillares sueltos de granito, de arenisca, de piedra pajarilla, trozos de mampostería, cantos rodados, muretes de ladrillo y ladrillos sueltos por doquier, huellas de las viviendas anteriores… en fin, un espectáculo. Si a esto le añadimos las humedades que pueden verse en toda la pared, lo único que se me ocurre es que la cosa tiene muy mal arreglo.
Lo mejor será darle un poco más de tiempo, total ya.

lunes, 24 de mayo de 2010

Los pozos de la nieve

Desde el final de la Edad Media hasta el siglo XIX existieron en Salamanca 4 pozos de la nieve. Su función no era otra que almacenar la nieve y el hielo recogidos en los neveros de la sierra y en el río, entre los meses de abril y octubre. Estos pozos eran escavados en la tierra con las paredes de piedra y en el suelo enlosado llevaba un desagüe por el que salía el agua del deshielo que se iba produciendo.
La nieve se traía en bolas desde la sierra y se iban apelmazando con grandes pisones de madera. Cada medio metro de nieve se extendía una capa de paja que ayudaba a la conservación. Alrededor de algunos pozos se construían balsas de muy poca profundidad para llenarlas de agua y que ésta se congelara con las heladas de la noche. A la mañana este hielo se rompía en trozos y se añadía al pozo.

En Salamanca parece ser que hubo cuatro. Uno de ellos estuvo en el convento de San Andrés pegado a la muralla y es el único que parece ser que se conserva, pues el ayuntamiento ha prometido restaurarlo. Éste convento de carmelitas calzados se hallaba, entre el arroyo de Santo Domingo (donde hoy está la iglesia del Carmen de Abajo) y el principio de la curva donde empieza el paseo de Canalejas. Por buena parte de su solar pasa actualmente el paseo del Rector Esperabé.



Restos del Convento de S. Andrés en Cordel de Merinas

Otro de los pozos estaba en el Teso de la Feria. Era el único que no pertenecía a la Iglesia pues sabemos que su dueña fue Doña Clara Bernarda de Soria Arias y Mercado. Era también el único que estaba al otro lado del río. En él se guardaba tanto la nieve como el hielo del Tormes cuando se candaba.

El tercero de estos pozos se encontraba en el Colegio de la Concepción de Teólogos y lo tenia arrendado el Consistorio. Este colegio estuvo entre principios del XVII y finales del XVIII en que fue clausurado, en las peñuelas de San Blas (próximo al auditorio de este nombre y que antes de este uso fue parroquia).

El cuarto de los pozos del que tengo noticias estuvo en el Convento de Guadalupe de frailes Jerónimos. Sobre su solar y muchos de sus muros se encuentra en la actualidad la fábrica de Mirat. Si como parece ser los edificios que componen la fabrica van a volver a ser de la ciudad, será ese un buen momento para confirmar, o no, si hubo un pozo en el convento.


A mediados del siglo XIX estos pozos se fueron abandonando y con la llegada del “frío industrial” a finales de ese siglo, desaparecieron.

Es interesante observar que el máximo desarrollo de esta industria (así es como se la denominaba en aquellos tiempos) se produjo en los siglos XVI, XVII y XVIII, coincidiendo con lo que en Europa se conoce como Pequeña Edad de Hielo.

lunes, 10 de mayo de 2010

Poetas ilustrados en torno al Corrillo

Sordolodo, Ochavo, Neverías y la Lonja eran los nombres de tres calles y una plaza que a lo largo del siglo XIX pasaron a llamarse Meléndez, Quintana, Sánchez Barbero y Poeta Iglesias. Resulta llamativo y digno de agradecer que nuestra ciudad dedicara varias calles del centro al recuerdo de cuatro poetas ilustrados que marcaron las letras salmantinas y españolas en el Siglo de las Luces. La calle que se dedicó a Meléndez Valdés es conocida desde los primeros tiempos de la Repoblación de Raimundo de Borgoña. Prácticamente arrancaba en la Puerta del Sol (donde actualmente comienza la plaza de San Isidro) y llegaba, como hoy, hasta la plaza del Corrillo, que entonces pertenecía a la plaza de San Martín. Según Villar y Macías era una de las calles por las que discurría la Vía de la Plata a su paso por Salamanca. Su nombre antiguo fue Sordolodo, que, parece ser, es una derivación de Gordolodo que a su vez lo sería de Gordolobo (planta medicinal) y que derivaría del latín “cauda lupi”, es decir, rabo de lobo.

En el caso del poeta
José Quintana se le dedicó, en principio, una calle que se formó en el siglo XVI, al construir las Carnicerías Reales en la plaza de San Martín y que se llamaba del Ochavo. Ésta era paralela a la calle del Navío, pues ambas tenían su entrada por el Corrillo y la salida por Poeta Iglesias. A fines del XIX la manzana de casas que las separaba fue derribada y se abrió un debate a fin de decidir cual de los dos nombres llevaría la nueva calle. Hubo quien propuso una solución de consenso y a punto estuvo de llamarse “del Navío Quintana”. Por suerte alguien se dio cuenta del “estrambote” y el poeta no tuvo que ceder su nombre a un barco.




Al poeta y periodista Francisco Sánchez Barbero se le dedicó la paralela a Quintana, que hasta ese momento se había llamado de la Nevería. Lo más probable es que en ella existiera uno de los pozos en los que se conservaba durante el verano la nieve traída de la sierra.


Por último, al célebre poeta José Iglesias de la Casa se le dedicó una de las principales plazas de la ciudad, pues en ella estuvo el Ayuntamiento antes de hacerse la Plaza Mayor, después la Audiencia Provincial, más tarde la primera sede de la Diputación Provincial, también fue cárcel y hasta hace pocos años Gran Hotel. El nombre de plaza de la Lonja se debe a la que había delante del edificio que tantas utilidades le había proporcionado a la ciudad.











Como puede verse en no más de doscientos metros la ciudad guardó el recuerdo de uno de los acontecimientos culturales mas importantes de la historia de Salamanca, la llamada Escuela Poética Salmantina, a la que los cuatro poetas pertenecieron.