

En una de las dos esquinas que forma con la de Tahonas Viejas, se encuentran los restos del Colegio Menor de Santa Cruz. Este Colegio fue fundado por Don Juan de Cañizares y Fonseca, sobrino del Arzobispo Don Alonso de Fonseca. A este colegio se le conocía con el nombre de Santa Cruz de Cañizares, y, por deformación, acabó dando a la calle el nombre de Cañizal.
En 1992 se construyó el Conservatorio Profesional de Música, integrando en él los restos que quedaban.
Unos meses antes de que fuese construido, hicimos estas fotografías.
Una de las calles mas antiguas de Salamanca, sin pertenecer a la “parte vieja” de la ciudad, es la calle de Bermejeros. Aunque dividida en varios tramos muy distintos entre si, esta calle une la de Azafranal con la plazuela de los Sexmeros.
Hace unos veinte años todavía quedaban en pie las casas que se ven en estas fotografías, y con la ayuda de Google se puede ver el edificio que actualmente ocupa el espacio de aquellas.Para hacerse una idea del aspecto que durante la Edad Media tenia esta zona de la ciudad hay que recordar que este arroyo al llegar a lo que hoy es la plaza de San Julián, se estancaba formando un remanso, conocido como la Laguna del Hoyo. Según Villar y Macías esta laguna ocupaba la actual plaza y el trozo de la Gran Vía que linda con ella, y sus dimensiones y profundidad eran suficientes para que hubiera barcas para atravesarla. Una vez pasada la laguna, el arroyo continuaba por la que luego se llamó calle de la Esgueva hasta pasar por debajo del puente de Soto (conocido hoy como puente de Santo Domingo) yendo desde allí a desembocar en el Tormes a las afueras de la Puerta de San Pablo.
Bernardo Dorado cuenta en su “Historia de Salamanca” que en 1398 se empezó a cegar la laguna con el ripio que se obtuvo al desmontar la muralla vieja de la calle Asadería.
Como casi siempre, no se puede asegurar cuál de las dos opiniones es la cierta, pero viendo el paisaje que en esos años tenían los vecinos de la calle Bermejeros, no me extraña lo mas mínimo su vocación pescadora.
Durante el desescombro del edificio perteneciente a la Universidad, situado en el paseo de S. Vicente haciendo esquina con la calle del Espejo, han aparecido unos sillares del tramo de la “Cerca Nueva” que discurría por esta zona. Estos restos de la muralla que empiezan a aparecer es lo único que se conserva (por ahora) del paño que iba desde la Puerta Falsa hasta el Portillo de San Bernardo.
Anteriormente fue conocida como Puerta de San Clemente por estar próxima la ermita de este nombre, que se hallaba extramuros de la ciudad (aproximadamente debió estar donde hoy día se encuentra la cafetería “el Danubio Azul”).
A partir de 1320 en que, intramuros a su izquierda, se construyó la ermita de San Hilario, pasó a llamarse Puerta de San Hilario. Esta ermita sería derribada para formar parte del solar sobre el que se construyó el Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca.
El nombre de Puerta Falsa lo llevó desde que en 1469, el conde de Alba, don García Álvarez de Toledo, quiso tomar la ciudad penetrando por ella a traición. Cuenta Villar y Macías, citando a Mosén Diego de Varela, cómo los salmantinos se opusieron, produciéndose allí mismo una cruenta batalla en la que murieron muchos caballeros de ambos bandos, antes de ser rechazado el conde.
Dice Villar y Macías que “sin saberse por qué le han dado el nombre del Espejo, como hubieran podido darle otro cualquiera que nada recordase y contribuyese a oscurecer un notable suceso de la historia patria”.
Parece que en todas las épocas el callejero mantiene un curioso “baile”.
En el plano que hizo Coello en 1885 se puede ver cómo esta calle partía de la plaza de la Verdura (hoy plaza del Mercado) y terminaba en la rinconada que hacía con la calle de Caleros. Vemos también que al principio de Caleros salía por la izquierda otra llamada calle de la Guerra (hoy desaparecida) que llegaba hasta la plaza de Santa Eulalia.
La reforma que se proponía (en rojo en el plano) pretendía unir el final del Pozo Amarillo con la desembocadura de la calle de la Guerra en la plazuela de Santa Eulalia. De paso alineaba tanto el tramo antiguo de la calle como el de nuevo trazado.
Este plan fue derogado en 1902 y hasta el primer cuarto del siglo XX no se llevó a cabo la alineación del trazado que hoy conocemos.
Por lo que cuenta Cándido Ansede en su libro “De la Salamanca de ayer”, en los primeros años del siglo XX el Pozo Amarillo era una de las calles con más tipismo de la ciudad ya que en ella había muchas posadas y figones en los que por poco dinero comían un buen número de gentes de los pueblos de la provincia.
Nos dice que cuando él conoció estos establecimientos, ya eran viejos, lo que lleva a pensar que esta parte de la ciudad fuera desde mucho tiempo atrás, una de las zonas donde se hospedaban los salmantinos de la provincia que con regularidad acudían al mercado que diariamente se montaba en la Plaza de la Verdura.
En Salamanca parece ser que hubo cuatro. Uno de ellos estuvo en el convento de San Andrés pegado a la muralla y es el único que parece ser que se conserva, pues el ayuntamiento ha prometido restaurarlo. Éste convento de carmelitas calzados se hallaba, entre el arroyo de Santo Domingo (donde hoy está la iglesia del Carmen de Abajo) y el principio de la curva donde empieza el paseo de Canalejas. Por buena parte de su solar pasa actualmente el paseo del Rector Esperabé.
Otro de los pozos estaba en el Teso de la Feria. Era el único que no pertenecía a la Iglesia pues sabemos que su dueña fue Doña Clara Bernarda de Soria Arias y Mercado. Era también el único que estaba al otro lado del río. En él se guardaba tanto la nieve como el hielo del Tormes cuando se candaba.
El tercero de estos pozos se encontraba en el Colegio de la Concepción de Teólogos y lo tenia arrendado el Consistorio. Este colegio estuvo entre principios del XVII y finales del XVIII en que fue clausurado, en las peñuelas de San Blas (próximo al auditorio de este nombre y que antes de este uso fue parroquia).A mediados del siglo XIX estos pozos se fueron abandonando y con la llegada del “frío industrial” a finales de ese siglo, desaparecieron.
Es interesante observar que el máximo desarrollo de esta industria (así es como se la denominaba en aquellos tiempos) se produjo en los siglos XVI, XVII y XVIII, coincidiendo con lo que en Europa se conoce como Pequeña Edad de Hielo.Desde luego tiene motivos para decirlo, pues este niño nacido el 9 de septiembre de 1781, como relata la nota biográfica que escribió el poeta José Iglesias, ya desde sus primeros meses de vida comenzó a dar señales claras de su viveza. Sus padres, Juan Picornell y Gomilla y Feliciana Obispo y Álvarez, observaron que ya antes de hablar, prestaba gran atención a lo que se decía. Una vez comenzó a hacerlo, vieron que daba respuestas poco acordes con su corta edad. En vista de ello, decidieron educarlo con todos los conocimientos que tanto anhelaba la criatura. Cuando apenas tenía tres años era capaz de contestar a cualquier pregunta que se le formulara.
A los tres años y medio fue examinado en el Paraninfo por varios doctores de la Universidad. Contestó a más de 500 preguntas de historia sagrada, moral, geografía e historia de España. Después de hora y media de examen y al considerarlo cansado rezaron una oración en elogio del infante, aplaudida por las más de tres mil personas que allí se concentraron.
Dos años después se le sometió a otro examen, cuyo programa nos enseña Villar y Macías y que a grandes rasgos era el siguiente :
El Nuevo Testamento, historia de España, geografía natural y política, explicación matemática del globo terrestre, información histórica y geográfica de las cuatro partes del mundo así como las noticias pertenecientes a su historia sagrada y profana.
A todo respondió y su fama llegó a todos los reinos tanto españoles como extranjeros.
Después de esto, no se tienen mas noticias sobre él. Cree Villar y Macías que aquel temprano desarrollo intelectual fuera el causante de su prematura muerte.
Durante los últimos post he ido hablando de lo que fue y supuso en Salamanca el convento de San Francisco el Grande. Hoy quiero recordar lo que no se realizó debido, en parte, a su influencia. Me refiero al nuevo Colegio que la Orden Militar de Alcántara proyectó, en 1790, en los terrenos que hoy ocupa el Campo de San Francisco.
Este colegio fue fundado por Carlos V en 1552. Según nos cuenta Villar y Macías, su primera residencia estuvo en la “Casa de los Abades”, sobre cuyo solar se construyó, tiempo después, el Seminario de Carvajal en la plaza a la que da nombre. Pasaron después a ocupar la Casa de Los Abarca y de allí se trasladaron a una casa con torreón en la calle del Prior, que había sido propiedad de los Tejeda.
El mal estado de estas casas, propició que el Consejo de Órdenes encargara a Jovellanos, que en ese tiempo residía en Salamanca, la búsqueda de un solar para acometer la construcción de un nuevo colegio.
Como nos relata Florencio Hurtado Rodríguez en su interesantísimo libro “Salamanca en el siglo XVIII. La Salamanca que conoció Jovellanos”, el solar elegido fue el del Campo de S. Francisco. El ayuntamiento cedió el terreno a la Orden y las obras dieron comienzo.
El problema vino cuando los franciscanos, los representantes del común y algunas personalidades más (entre las que parece que estuvo García de Quiñones) se opusieron, con todas sus influencias y pocas pruebas, a la futura construcción. El juicio se prolongó durante años, las obras fueron paradas y ya en 1798, tras un alegato de Jovellanos en el que demostraba la inconsistencia de las alegaciones en contra del edificio, el Tribunal falló a favor de los de Alcántara.
Como nos dice Mª Nieves Rupérez, para ese año, la Orden Militar no disponía del dinero destinado a la fábrica, y un año después se trasladó al colegio de Oviedo, renunciando definitivamente a su construcción.
Solamente se habían acabado los cimientos y algunas de las paredes del primer cuerpo hasta unos doce pies de altura.
Tras quedar abandonado varios años, durante la guerra de la Independencia fue destruido por los franceses mucho de lo hecho, y en años posteriores demolido el resto para aprovechar la piedra.
Según Jovellanos se perdió para la ciudad uno de los edificios más hermosos de los que en ella había. Es posible que estuviera en lo cierto, pero, seguramente, hoy nadie eche de menos un edificio más y sí se agradezca la existencia de uno de los pocos jardines con que cuenta el centro de la ciudad. Los tiempos cambian y con ellos las necesidades.La zona en la que se establecieron los Menores estaba, en el siglo XIII, despoblada y es de suponer que en baldío, pues todo lo que rodea al convento por los lados norte y oeste era llamado Campo de S. Francisco. Esta denominación que hoy corresponde solamente a los jardines, se extendía en aquella época a la zona que fue donada por los franciscanos al Arzobispo Fonseca para construir el Colegio Mayor De Santiago Cebedeo (Colegio de los Irlandeses). Así pues, el espacio primitivo conocido como Campo de S. Francisco sería el formado en la actualidad por el solar que ocupa el Colegio de los Irlandeses (incluidas su capilla y su hospedería) más el de los jardines.El despoblamiento de esta parte de la ciudad permitió a los Menores la ocupación de un amplio recinto (Balthasar de Monconys dice en 1628 que "acoge a unos doscientos religiosos y es digno de verse a causa de su gran masa de piedra...") que correspondería al delimitado en la actualidad por la calle Ancha en el Este, las Peñuelas de S. Blas por el Sur, la calle de Fonseca, hasta un tercio de su ancho, por el Oeste y el Campo de S. Francisco por el Norte. El perímetro que tuvo, prácticamente coincide con el que ocupa la manzana que existe en la actualidad. Sólo este hecho, habla bien a las claras de la huella que la construcción franciscana ha dejado en el trazado urbano de Salamanca.
Por la parte norte continúa existiendo el gran espacio que tanto antes como ahora se ha llamado Campo de San Francisco. No obstante es aquí donde se abrió, en el siglo pasado, la única calle nueva de los alrededores. Me refiero a la que, actualmente, lleva el nombre del entrañable cronista salmantino D. Juan Domínguez Berrueta. Si bien ya en el siglo XVIII es citado el paso (aunque como "un basurero asqueroso e intransitable") entre las Úrsulas y la Tercera Orden de San Francisco, será al realizarse en 1787 la elevación de terrenos necesaria para hacer los jardines, cuando dicho paso tome una cierta entidad viaria. Esta se completará en 1840 al construirse la Plaza de Toros en la parte baja del Campo. En 1860 se derribó esta plaza y pocos años después (1886) su solar fue ocupado por el Colegio de las Adoratrices. Al dejar las religiosas la zona oeste del colegio para huerta y jardín volvió esta parte del Campo a recuperar el carácter de recreo (esta vez privado) que se le intentó dar a todo el recinto en la reforma de 1787. Actualmente los Jardines del Campo de San Francisco son el único vestigio toponímico del convento. El último tramo de este flanco septentrional lo sigue ocupando el Palacio de Monterrey.
Por último, nos encontramos con la fachada que da al mediodía. Tanto la parroquia de San Blas como el antiguo Colegio de la Compañía de Jesús (hoy colegio del Maestro Ávila), ambos en lo alto de las Peñuelas, colaboran a mantener intacto el dibujo urbano de siglos anteriores. El resto de la cuesta de San Blas, aun habiendo conservado el trazado antiguo, es la parte que más ha cambiado, por las nuevas construcciones que se han llevado a cabo en los últimos quince años.
En resumen, creo que la gran cantidad de nobles edificios, tanto religiosos como civiles, que hay en esta zona, han contribuido en gran medida a mantener prácticamente intacto su trazado urbano. Más si observamos la influencia que el convento de los Menores tuvo en su entorno, podemos afirmar que su actual configuración se debe, al menos en el cincuenta por ciento de su espacio, a los frailes. Así, la cesión de la parte oeste de su campo al Arzobispo Fonseca, propiciará que toda esa zona quede estructurada como al presente lo está. De igual modo, su persistente oposición (unida a las de otras personas e instituciones) a la construcción del Colegio de Alcántara en el lugar que hoy ocupan los Jardines, ayudó en gran medida a la paralización de las obras. Tras un largo pleito, se falló a favor de los de Alcántara pero su situación económica no les permitió continuarlo.